Miriam Aparicio, blues piano Miriam Aparicio, blues piano
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El círculo de Selbst

«Per molt que sapies es molt mes lo que ignores»

Saving Godofredo

(24/11/1997)

Y de nuevo una mañana más. Sí, aquella era una mañana entre tantas mañanas. Nada parecía indicar que aquel nuevo día fuese a deparar grandes ni pequeñas sorpresas a ninguno de los habitantes de la ciudad.

Pero esta calma, este escenario pacífico e ideal, no incluía la habitación de Godofredo. En el submundo que constituía su cuarto se palpaba la sensación de que aquel iba a ser un día especial. Godofredo así lo sentía. Sabía que estaba a punto de iniciarse una nueva etapa y que para ello sería necesaria su actuación. Era verdaderamente un instante lleno de emoción. Iba a ser su labor el detonante para el nacimiento de algo nuevo. A estas alturas Godofredo quiso parar el reloj de la mañana para saborear el sentimiento de orgullo que le invadía. Por una vez en la vida se sentía parte activa de la historia. Sabía que él era imprescindible para que los acontecimientos tomasen el nuevo curso. Así que, por fin, había decidido dar el paso.

No había sido una decisión fácil, de ningún modo, ya que Godofredo era un ser más bien retraído y cobarde… Cobarde. Todavía resonaba en su cabeza el eco de aquella odiosa palabra. Desde niño había tenido que oírla y soportarla, tanto es así que finalmente la hizo suya, y ya en estos últimos años se sentía especialmente identificado con aquellas siete letras. Fue la voluntad de terminar con esto una de las razones que le llevó a asumir el riesgo.

En su juventud se cansó de recibir los consejos de sus amigos y hasta de los que no lo eran. Se cansó de oír citas baratas que sus colegas, por aquel entonces estudiantes, sacaban de sus libros no menos baratos. Se sentía abofeteado por aquellos puñados de palabras ingeniosas que, al fin y al cabo, no le aportaban ninguna solución. Aún retenía alguna en su memoria: «más vale arrepentirse por lo que uno ha hecho que por lo que uno ha dejado de hacer». Al oír estas frasecitas en boca de sus amigos lo único que pensaba era: «¿y qué?»

-«¡Pobre Godofredo!», pensaban en el grupo. Ciertamente creían que su amigo no tenía trasfondo suficiente para entender tan elevados pensamientos. -«¡Además de cobarde, insulso!»

Godofredo nunca quiso ir, en estas conversaciones, más allá de su  breve «¿y qué?». Veía los rostros ensimismados de sus amigos al declamar de memoria aquellas sentencias, con la  mirada perdida al cielo como si por el mero hecho de recitarlas fuesen a ascender un peldaño hacia la sabiduría divina. Después bajaban de repente la mirada y la clavaban despiadadamente en Godofredo como culpabilizándole por algo que él no podía controlar:  su falta de coraje, su inseguridad, su cobardía.

Pero ahora llegaban nuevos tiempos. Su vida iba a cambiar de manera radical. Es más, iba a cambiar de la manera más radical de todas las posibles.

Hacía ya algunos meses que le estaba dando vueltas a la idea. Se sentía esperanzado con la nueva empresa, de hecho su única empresa. Y ésta era de tal envergadura que estaba convencido de que siempre sería recordado por ella. «Ya que por fin voy a tomar una decisión -pensaba Godofredo- que sea una de las buenas, hagámoslo a lo grande».

Era ya casi mediodía cuando Godofredo se asomó a la ventana. Curiosamente la mañana seguía apacible. El telón inmóvil y azul no dejaba traspasar el aire. Los árboles aguantaban la respiración a lado y lado de la calle. «Un marco perfecto para el gran día», pensó.

Al pasar su cabeza el marco de la ventana sintió el despertar de los sentidos, como si hubieran sido reactivados tras un profundo letargo. El oído se desveló por un sonido que percibió con claridad entre el ambiente sonoro propio de la ciudad, sonido que instantáneamente asoció al sentimiento de libertad, del que tanto había oído hablar. Y enseguida la vista le dio la respuesta mostrándole el vuelo de una gaviota. Un golpe de aire, no por brusco, desagradable, se encargó de despertar la sensación táctil de su rostro. No le preocupaba lo que pasaría al día siguiente, ni siquiera la hora siguiente. No pensaba. Tan sólo sabía que el deseo que le arrollaba era saborear todo lo lentamente que pudiera aquellas sensaciones. Sólo eso. Sentir. Ser libre.

Ya tenía medio cuerpo fuera cuando empezó a experimentar el vacío. Sus células casi formaban parte de la atmósfera. El vértigo inicial se transformó en oxígeno que inundó sus pulmones hasta elevar unos centímetros todo su cuerpo. Extendió los brazos. Y se dejó caer.

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